Adviento es una llamada a la alegría.

La alegría es la señal de que la naturaleza ha alcanzado su objetivo y todo se ilumina a la luz divina.

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Por: Rvdo Padre Pablo García Beck

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO CICLO B

            Adviento es una llamada a la alegría. La alegría es la señal de que la naturaleza ha alcanzado su objetivo y todo se ilumina a la luz divina. De facto, nos encaminamos a la plenitud del Reino de Cristo sobre la tierra, que de conformidad con San Juan XXIII será la manifestación del glorioso triunfo del Cuerpo Místico de Cristo; donde la sociedad constituirá un reflejo lo más perfecto posible del Reino de Dios. De un modo u otro, la liturgia del Adviento nos reclama la alegría que brota de nuestra adhesión a la Voluntad todopoderosa que se halla en el Sagrado Corazón de Jesús y que Él nos transmite en la Eucaristía.

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Voluntad Divina que ambiciona que brille aquel momento dependiente de la soberana acción del Espíritu Santo en que, con arreglo al Concilio Vaticano II, todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán como un solo hombre. Ciertamente, el espíritu del Adviento nos pide que tengamos en el corazón esa inmensa alegría que es la alegría de Dios, que sostiene la expectativa de un triunfo histórico de la civilización cristiana. Sobre el particular, San Juan Pablo II aseveró:

Si se mira superficialmente a nuestro mundo, impresionan no pocos hechos negativos que pueden llevar al pesimismo. Más éste es un sentimiento injustificado: tenemos fe en Dios Padre y Señor, en su bondad y misericordia. Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo y nos lleva a pedir como Jesús nos ha enseñado: Venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

            Sea como fuere, todo se orienta a la alegría. Es la alegría de la buena nueva. Es la presencia de aquel que es Rey de la Gloria y quiere manifestarnos su amor. Y que está viniendo a envolvernos con un canto de jubilo, liberándonos de las garras del Nuevo Orden Mundial. Adviento es un tiempo de apertura al futuro de Dios, tiempo de preparación para la realización de aquello que no puede en modo alguno obtenerse por las solas fuerzas naturales del hombre, aunque esté movido por una loable voluntad, y que consiguientemente es de todo punto necesario el auxilio sobrenatural de un Nuevo Pentecostés; a fin de que todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos el Sacrosanto Corazón del Emmanuel.

Al respecto, San Pablo VI expuso:

La sabiduría del amor fraterno explotará en una fecundidad nueva, en una felicidad victoriosa y en una vida social regeneradora. La civilización del amor triunfará sobre la fiebre de las luchas sociales implacables y llevará al mundo a la transfiguración tan esperada de una humanidad finalmente cristiana. Así, los hombres hermanos emprendemos con coraje y alegría nuestro camino en el tiempo, hacia el encuentro final, que pone en nuestros labios desde ahora la definitiva invocación: ¡Ven Señor Jesús!

            En cualquier caso, la verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido de desentenderse de los compromisos de la vida y de sus responsabilidades. Según, San Pablo la indiscutible alegría está vinculada a la relación con Dios. Quien ha encontrado a Cristo en su propia vida, reconoce en Él la verdadera luz del mundo, que viene a iluminar nuestras tinieblas. Precisamente, el período de Adviento nos renueva la invitación a vivir a la espera de Jesús, a no dejar de esperar su venida, de tal modo que nos mantengamos en una actitud de vigilancia, sabiendo dar el justo valor a las cosas, para fijar la mirada en la verdad de que el Señor está más cerca de nosotros que nosotros mismos. De ahí la razón de nuestra alegría: El Señor está cerca. Sí, el Señor viene y con Él una civilización nueva.

A este propósito, San Pablo VI declaró:

La causa del hombre no sólo no está perdida, sino que está en segura ventaja. La unidad del mundo se hará. La dignidad de la persona será, no solo formalmente, sino realmente reconocida. La intangibilidad de la vida, desde el seno materno a la vejez, tendrá el sufragio común. Las injustas desigualdades sociales serán cubiertas. Las relaciones entre los pueblos serán pacíficas, razonables y fraternas. Ni el egoísmo, ni la prepotencia, ni la indigencia, ni la licencia de las costumbres, ni la ignorancia, ni las muchas deficiencias que todavía caracterizan y afligen a la sociedad contemporánea, impedirán establecer un verdadero orden humano, un bien común, una civilización nueva. Esta esperanza se funda sobre una certeza, sobre una verdad. No es un sueño, una utopía, un mito, es el realismo evangélico.

            Si bien el presente está tiznado por la inquietud, ya que el Reino de Cristo no está consumado, puesto que es necesario para ello el advenimiento del Rey de reyes al orbe, no obstante el Adviento alienta a estar alegres porque está cercana una súbita intervención sobrenatural, esto es, una notoria modalidad de Venida Intermedia. San Bernardo predicó: Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua Él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron.

La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.

Ahora bien, si la Venida Intermedia tiene diversas modalidades en todo tiempo, de acuerdo con el Papa emérito Benedicto XVI, cabe esperar una modalidad de esa visita que hará época, o sea aquella que conferirá una mayor realización histórica del Reino de Cristo, por un descenso de los dones del Espíritu Santo sobre la Iglesia, tras la derrota del Anticristo; he aquí la alegría del Adviento. Incluso en medio de tantas dudas y dificultades, la alegría existe porque Dios existe y está viniendo. De ahí que, estemos gozosos porque la Venida del Señor está cerca.

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