¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva!

De las Confesiones de San Agustín, obispo

Comentario

Captan entre nosotros la atención tantos relatos de conversiones escuchados en programas radiales y asambleas cristianas, centrados por lo general más en las sombras supuestamente abandonadas que en el descubrimiento del propio Dios. No sucede así en esta maravillosa página de las Confesiones de San Agustín, cuyo tema es precisamente la novedad interior experimentada en el encuentro con Dios.

Ama y haz lo que quieras

Señor, ¿dónde te hallé para conocerte (porque ciertamente no estabas en mi memoria antes que te conociese), dónde te hallé, pues, para conocerte, sino en ti mismo, lo cual estaba muy por encima de mis fuerzas? Pero esto fue independientemente de todo lugar, pues nos apartamos y nos acercamos, y, no obstante, esto se lleva a cabo sin importar el lugar. ¡Oh Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan y, a un mismo tiempo, respondes a todos los que te interrogan sobre las cosas más diversas. Tú respondes claramente, pero no todos te escuchan con
claridad. Todos te consultan sobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que quieren.

Excelente servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de ti escuchare.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estaba dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas
cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.


Cuando yo me apegue a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será realmente viva, llena toda de ti. Tú, al que llenas de ti, lo elevas, mas, como yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga. Están en lucha mis alegrías, dignas de
ser lloradas, con mis tristezas, dignas de ser aplaudidas, y no sé de qué parte está la victoria.
¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Están en lucha también mis tristezas malas con mis gozos buenos: y no sé a quién se ha de inclinar el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas.


Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo estoy necesitado.

¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo un servicio militar? ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas aguantarlos, no amarlos. Nadie ama lo que aguanta, aunque ame el aguantarlo. Porque, aunque goce en aguantarlo, más quisiera, sin embargo, que no hubiese nada que aguantar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar intermedio hay entre estas cosas, en el que la vida humana no sea una lucha? ¡Ay de las prosperidades del mundo, pues están continuamente amenazadas por el temor de que sobrevenga la adversidad y desaparezca la alegría! ¡Ay de las adversidades
del mundo, una, dos y tres veces, pues están continuamente aguijoneadas por el deseo de la prosperidad, siendo dura la misma adversidad y poniendo en peligro la paciencia! ¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo sin interrupción un servicio militar? Pero toda mi esperanza descansa sólo en tu muy grande misericordia. ¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!


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