Oraciones de San Alfonso María de Ligorio

Hoy celebramos a San Alfonso María de Ligorio, fundador de los sacerdotes redentoristas. Un doctor de la Iglesia que desde muy pequeño, sobresalió por su inteligencia. Autor de muchos escritos y se sabe, que fue muy devoto de la Virgen María. Aquí te dejamos cinco oraciones que compuso para la Reina del Cielo:
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1.- ORACIÓN A LA VIRGEN PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE

María, dulce refugio de los pecadores, cuando mi alma esté para dejar este mundo, Madre mía, por el dolor que sentiste asistiendo a vuestro Hijo que moría en la cruz, asísteme también con tu misericordia. Arroja lejos de mí a los enemigos infernales y ven a recibir mi alma y presentarla al Juez eterno. No me abandones, Reina mía. Tú, después de Jesús, has de ser quien me reconforte en aquel trance. Ruega a tu amado Hijo que me conceda, por su bondad, morir abrazado a sus pies y entregar mi alma dentro de sus santas llagas, diciendo: Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía. 

2.- ORACIÓN A MARÍA, REINA MISERICORDIOSA

Madre de Dios y señora mía, María. Como se presenta a una gran reina un pobre andrajoso y llagado, así me presento a ti, reina de cielo y tierra. Desde tu trono elevado dígnate volver los ojos a mí, pobre pecador. Dios te ha hecho tan rica para que puedas socorrer a los pobres, y te ha constituido reina de misericordia para que puedas aliviar a los miserables. Mírame y ten compasión de mí. Mírame y no me dejes; cámbiame de pecador en santo. Veo que nada merezco y por mi ingratitud debiera verme privado de todas las gracias que por tu medio he recibido del Señor. Pero tú, que eres reina de misericordia, no andas buscando méritos, sino miserias y necesidades que socorrer. ¿Y quién más pobre y necesitado que yo? Virgen excelsa, ya sé que tú, siendo la reina del universo, eres también la reina mía. Por eso, de manera muy especial, me quiero dedicar a tu servicio, para que dispongas de mí como te agrade. Te diré con san Buenaventura: Señora, me pongo bajo tu servicio para que del todo me moldees y dirijas. No me abandones a mí mismo; gobiérname tú, reina mía. Mándame a tu arbitrio y corrígeme si no te obedeciera, porque serán para mí muy saludables los avisos que vengan de tu mano.
Estimo en más ser tu siervo que ser el dueño de toda la tierra. «Soy todo tuyo, sálvame» (Sal 118, 94). Acéptame por tuyo y líbrame. No quiero ser mío; a ti me entrego. Y si en lo pasado te serví mal, perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte, en adelante quiero unirme a tus siervos los más amantes y más fieles. No quiero que nadie me aventaje en honrarte y amarte, mi amable reina. Así lo prometo y, con tu ayuda, así espero cumplirlo. Amén. Amén.

3.- ORACIÓN A MARÍA, MADRE DE LOS PECADORES

Madre mía amantísima, ¿cómo es posible que teniendo madre tan santa sea yo tan malvado? ¿Una madre ardiendo en amor a Dios y yo apegado a las criaturas? ¿Una madre tan rica en virtudes y yo tan pobre en merecimientos? Madre mía amabilísima, no merezco ser tu hijo, pues me hice indigno por mi mala vida. Me conformo con que me aceptes por siervo; y para lograr serlo, aun el más humilde, estoy pronto a renunciar a todas las cosas. Con esto me contento, pero no me impidas poderte llamar madre mía. Este nombre me consuela y enternece, y me recuerda mi obligación de amarte. Este nombre me obliga a confiar siempre en ti. Cuanto más me espantan mis pecados y el temor a la divina justicia, más me reconforta el pensar que tú eres la madre mía. Permíteme que te diga: Madre mía. Así te llamo y siempre así te llamaré. Tú eres siempre, después de Dios, mi esperanza, mi refugio y mi amor en este valle de lágrimas. Así espero morir, confiando mi alma en tus santas manos y diciéndote: Madre mía, madre mía María; ayúdame y ten piedad de mí. Amén.

 4.- ORACIÓN PARA ALCANZAR EL AMOR DE MARÍA

¡María, tú robas los corazones! Señora, que con tu amor y tus beneficios robas los corazones de tus siervos, roba también mi pobre corazón que tanto desea amarte. Con tu belleza has enamorado a Dios y lo has atraído del cielo a tu seno. ¿Viviré sin amarte, madre mía? No quiero descansar hasta estar cierto de haber conseguido tu amor, pero un amor constante y tierno hacia ti, madre mía, que tan tiernamente me has amado aun cuando yo era tan ingrato. ¿Qué sería de mí, María, si tú no me hubieras amado e impetrado tantas misericordias? Si tanto me has amado cuando no te amaba, cuánto confío en tu bondad ahora que te amo. Te amo, madre mía, y quisiera un gran corazón que te amara por todos los infelices que no te aman. Quisiera una lengua que pudiera alabarte por mil, y dar a conocer a todos tu grandeza, tu santidad, tu misericordia y el amor con que amas a los que te quieren. Si tuviera riquezas, todas quisiera gastarlas en honrarte. Si tuviera vasallos,
a todos los haría tus amantes. Quisiera, en fin, si falta hiciera, dar por ti y por tu gloria hasta la vida. Te amo, madre mía, pero al tiempo temo no amarte cual debiera
porque oigo decir que el amor hace, a los que se aman, semejantes. Y si yo soy de ti tan diferente, triste señal será de que no te amo. ¡Tú tan pura y yo tan sucio! ¡Tú tan humilde y yo tan soberbio! ¡Tú tan santa y yo tan pecador! Pero esto tú lo puedes remediar, María. Hazme semejante a ti pues que me amas. Tú eres poderosa para cambiar corazones; toma el mío y transfórmalo. Que vea el mundo lo poderosa que eres a favor de aquellos que te aman. Hazme digno de tu Hijo, hazme santo. Así lo espero, así sea. 

5.- ORACIÓN DE CONFIANZA EN MARÍA

¡Reina mía soberana, digna de mi Dios, María! Al verme tan vil y cargados de pecados, no debiera atreverme a acudir a ti y llamarte madre. Merezco, lo sé, que me deseches, pero te ruego que contemples lo que ha hecho y padecido tu Hijo por mí; y después me deseches si puedes. Soy un pecador que, más que otros, ha despreciado la divina Majestad; pero el mal está hecho. A ti acudo que me puedes auxiliar; ayúdame, Madre mía, y no digas que no puedes ampararme, pues bien sé que eres poderosa y obtienes de tu Dios lo que deseas. Si me dices que no puedes protegerme, dime al menos a quién debo acudir para ser socorrido en mi desgracia y dónde poder refugiarme o en quién pueda más seguro confiar. Tú, Jesús mío, eres mi padre; y tú mi madre, María. Amás a los más miserables y los andáis buscando para salvarlos. Yo soy reo del infierno, el más mísero de todos. Pero no tienes necesidad de buscarme; ni siquiera lo pretendo. A vosotros me presento con la esperanza de no verme abandonado. Vedme a vuestros pies. Jesús mío, perdóname. María, madre mía, socórreme.

6. ¡Madre de Dios y Madre mía María!

¡Madre de Dios y Madre mía María!

Yo no soy digno de pronunciar tu nombre;
pero tú, que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar,
aunque mi lengua no es pura,
que pueda llamar en mi socorro tu santo y poderoso nombre,
que es ayuda en la vida y salvación al morir.

¡Dulce Madre, María!

Haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida.

No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame.

Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar;

¡María!

Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora,

para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado:

“¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!”

¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en ti!

Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien,

este nombre tan dulce, tan amable y poderoso.

Señora, no me contento con sólo pronunciar tu nombre; quiero que tu amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con san Anselmo:

“¡Oh nombre de la Madre de Dios, tú eres el amor mío!”

Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros nombres salvadores.

Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros nombres adorados.

Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concédeme entonces la gracia de deciros:

“Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.

Amén.

7. Oración de San Alfonso María de Ligorio por la ayuda e intercesión de Nuestra Señora

Santísima Virgen Inmaculada, mi Madre María,
a ti que eres la Madre de mi Señor,
la Reina del universo, la Abogada, la esperanza,
el refugio de los pecadores,
yo que soy el más miserable de todos los pecadores,
recurro este día. .

Te veneré, gran Reina,
y te agradezco las muchas gracias que
me has otorgado hasta el día de hoy;
en particular por haberme librado del infierno
que tantas veces me he merecido por mis pecados.

Te amo, queridísima Señora;
y por el amor que te
tengo , prometo servirte de buena gana para siempre
y hacer lo que pueda para que los demás también te amen .

Pongo en ti todas mis esperanzas de salvación;
acéptame como tu sierva
y cúbreme bajo tu manto,
tú que eres la Madre de misericordia.

Y como eres tan poderoso ante Dios,
líbrame de todas las tentaciones,
o al menos obtén para mí la fuerza
para vencerlas hasta la muerte.

De ti te imploro un verdadero amor por Jesucristo.
Por ti espero tener una muerte santa.

Mi querida Madre,
por el amor que le tienes a Dios Todopoderoso,
te ruego que me ayudes siempre,
pero sobre todo en el último momento de mi vida.

No me desampares entonces,
hasta que me veas a salvo en el cielo,
allí para bendecirte
y cantar tus misericordias por toda la eternidad.
Esa es mi esperanza.

Amén.

San Alfonso María de Ligorio
San Alfonso María
de Ligorio

Oraciones de San Alfonso María para después de la Misa distribuidas para cada día de la semana

Ofrecemos las oraciones atribuidas a San Alfonso María de Ligorio, para dar gracias a Dios después de que el sacerdote celebra la Misa, para cada día de la semana.

Domingo

Amantísimo Jesús, mi Redentor y mi Dios, te adoro presente en mi pecho bajo las especies del pan y del vino a través de las cuales te has hecho alimento y bebida de mi alma. Sea infinitamente bendita tu venida a mi alma, y te doy gracias por ello con todo mi corazón, y me duele porque no soy capaz de dártelas dignamente.

¿Y qué acción de gracias podría dar un pobre aldeano a su rey que fuera a visitarlo a su cabaña, a no ser que se arroje a sus pies y permanezca ante él postrado para alabar y admirar semejante bondad?

Me arrojo pues yo también a tus pies, oh Rey divino, oh Jesús dulcísimo, y te adoro desde el abismo de mis miserias: uno mi adoración a la que te ofreció María al recibirte en su sacrosanto vientre, quisiera amarte con el amor con que ella te amaba.

Oh amable Redentor, obedeciendo hoy a mis palabras sacerdotales descendiste del Cielo a mis manos sobre el Altar. ¿Y yo? ¡cuántas veces desobedeciendo yo vuestros preceptos, te desprecié con ingratitud, renunciando a vuestra gracia y a vuestro amor! Oh buen Jesús, espero no obstante que a estas horas me habrás ya perdonado; pero en el caso de no haberlo hecho aún por no merecerlo yo, perdóname ahora, mientras que me arrepiento de todo corazón, oh bondad infinita, de haberte ofendido. Ojalá, Jesús mío, que te amase siempre. Al menos desde el día que celebré mi primera Misa debía haberme inflamado de amor únicamente por ti: tú me elegiste entre tantos miles de hombres para ser tu sacerdote y amigo. ¿Qué más debiste hacer para lograr mi amor? Y te agradezco, amor mío, el que me des el tiempo necesario para hacer lo que hasta ahora omití. Quiero amarte con todo mi corazón. No quiero que haya en mi corazón otro afecto que el que te profeso, a ti que tanto me apremiaste a amarte.

Dios mío y de todas las cosas. Oh mi Dios, ¿para qué quiero riquezas? ¿Para qué honores? ¿Para qué los placeres del mundo? Tú eres todo para mí. Tú serás en lo sucesivo mi único bien, mi único amor. Te diré con San Paulino: «Tengan para sí los ricos sus riquezas y los reyes sus reinos; Cristo es mi gloria y mi reino». Disfruten los ricos sus riquezas y tierras y los reyes conserven sus reinos, que para mí la única riqueza y el único reino a que aspiro, eres tú solo, oh Jesús mío.

Padre eterno, por el amor de este Hijo tuyo que te he ofrecido en sacrificio esta mañana, y que he recibido en mi corazón, dame la santa perseverancia en tu gracia, y el don de tu santo amor: asimismo te ruego por mis parientes, amigos y enemigos, por las almas del Purgatorio y por todos los pobres pecadores.

Madre mía, María santísima, obtenme la santa perseverancia y el amor de Jesucristo.

Lunes

¡Oh bondad infinita! ¡Oh amor infinito! ¡Dios se me ha dado enteramente y se ha hecho todo mío! Oh alma mía, recoge todos tus afectos, y únete estrechamente a tu Señor, que ha venido para unirse a ti y ser por ti amado.

Mi querido Redentor, yo te abrazo; mi tesoro y mi vida, me uno a ti, no me desprecies. Ay de mí, te arrojé en otro tiempo de mi alma y me separé de ti; pero ahora prefiero perder mil veces la vida antes que perderte de nuevo, mi sumo Bien. Olvida, Señor, todas las ofensas que contra ti cometí, y perdóname: es tanto lo que me arrepiento de mis faltas, que quisiera morir de dolor.

Pero a pesar de que pequé contra ti, me ordenas que te ame: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón». ¡Ah! mi Señor y mi Dios, ¿quién soy yo para que desees que te ame? pero puesto que lo deseas, quiero seguirte por tu amor. Tú por mí quisiste sufrir la muerte, me alimentaste con tu propia carne; yo abandono todo, digo adiós a todas las cosas y a ti solo abrazo, amantísimo Salvador.

«¿Quién me separará de la caridad de Cristo?» Mi Redentor muy amado, ¿a qué otro querría amar, si no te amo a ti, que eres bondad infinita y digno de un amor también infinito? ¿Qué hay en el cielo y qué debería querer sobre la tierra fuera de Ti? Dios de mi corazón, y mi parte en la eternidad. Sí, Dios mío, ¿y dónde podré hallar en el cielo o en la tierra un bien mayor que tú, o que me haya amado tanto?

«Venga a nosotros tu reino». ¡Oh, buen Jesús, recibe esta mañana el dominio de todo mi corazón, el cual te ofrezco enteramente: poséelo siempre y entero, y arroja de él todo otro amor que no sea para ti. Te elijo por mi exclusivo patrimonio, por mi única riqueza. Dios de mi corazón, y Dios, mi parte en la eternidad.

Permíteme que te ruegue y te pida siempre con San Ignacio de Loyola: «Dame solo tu amor y tu gracia, y con esto seré bastante rico». Dame tu amor y tu gracia, esto es, haz que te ame y que sea amado de ti, y con esto seré ya bastante rico, y no deseo nada más ni busco otra cosa. Verdaderamente tú conoces mi enfermedad, y cuántas veces te he sido infiel; ayúdame pues con tu gracia, y no permitas nunca que me separe de tu santo amor: «No permitas que me aparte de Ti». Desde ahora te digo, siempre quiero decirlo, y concédeme que siempre te repita esto mismo: No permitas, no permitas que me aparte de ti.

Oh Virgen santísima, mi esperanza, María, implórame de Dios esta doble gracia: la santa perseverancia y el santo amor, nada más te pido.

Martes

¡Ah Señor!, ¿cómo pude ofenderte tantas veces con mis pecados, sabiendo que con ello te causaba tan gran disgusto? Por los méritos de tu Pasión perdóname, y úneme estrechamente a ti con los lazos de tu amor; no te alejes de mí, Señor, a pesar del hedor que exhalan mis pecados. Hazme conocer más y más cada día tu omnipotencia, el amor que te debemos y la caridad con que me amaste.

Deseo, Jesús mío, sacrificarme enteramente por ti, puesto que también tú te sacrificaste por mí: tú me ataste contigo por medio de innumerables demostraciones de amor, no permitas que me separe nunca de ti. Te amo, Dios mío, y quiero amarte siempre. ¿Y cómo podría vivir lejos de ti y sin tu gracia, después de haber conocido tu amor?

Te doy gracias por haberme tolerado cuando vivía sin tu gracia y de que me des ahora tiempo para amarte: si me hubiese sobrevenido entonces la perdición, ya no podría amarte más; pero como ahora puedo amarte, dulcísimo Jesús, quiero amarte con todas mis fuerzas, y hacer todo lo que esté de mi parte por agradarte.

Te amo, bondad infinita, te amo más que a mí mismo; y porque te amo, te doy mi cuerpo, mi alma y toda mi voluntad: haz de mí, Señor, y dispón de mí según tu beneplácito; en todo me someto a ti. Con tal de que me concedas siempre amarte, no te pido nada más. Concede los bienes de la tierra a los que los desean; yo no deseo nada más ni te pido otra cosa que la perseverancia en tu gracia y en tu santo amor.

Oh Padre eterno, apoyado en las promesas de tu Hijo: «En verdad, en verdad os digo, si pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá», te pido en nombre de Jesucristo la santa perseverancia y la gracia de amarte con todo mi corazón, y de cumplir además perfectamente tu voluntad.

Oh Jesús, tú te hiciste víctima por mí y te entregaste en por mí, para que yo me diera a ti y te sacrificara toda mi voluntad; dijiste además: «Inclina, hijo, tu corazón hacia mí». He aquí mi corazón, Señor, he aquí mi corazón y mi alma, que te ofrezco por entero y que te sacrifico.

Ya conoces, Señor, mi debilidad: socórreme. No permitas que mi voluntad se aparte de ti para ofenderte; no lo permitas. Concédeme que siempre te ame, haz que te ame siempre como debe amarte un sacerdote; y que así como pudo decir vuestro Hijo al expirar: «todo está cumplido», pueda decir yo también en la hora de mi muerte que desde este día guardé tus mandamientos. Procura que en todas mis tentaciones y en todos los peligros que corra de ofenderte, acuda siempre a ti y no omita implorar tu auxilio por los méritos de Jesucristo.

Oh María Santísima, que todo lo puedes ante Dios, concédeme esta gracia, que en las tentaciones siempre recurra a Dios y a ti.

Miércoles

Oh Jesús mío, ya veo cuánto has hecho y has sufrido para ponerme en la necesidad de amarte, y yo demostré que soy tan ingrato. Cuántas veces he cambiado tu gracia por un vil placer y un inútil deseo y te perdí, oh Dios de mi alma. He perseguido el agradable recuerdo de los beneficios de las criaturas, solo a ti me mostré ingrato. Perdóname, Dios mío, me duele el crimen de la ingratitud, siento por ello un vivo arrepentimiento, y espero tu perdón porque eres la bondad infinita. Si no fueras la bondad infinita, estaría desesperado y ni me atrevería a pedirte más la misericordia.

Te doy gracias, Dios mío, porque no me arrojaste al infierno como merecía, y por haberme soportado tanto tiempo. Solo la paciencia que has mostrado conmigo debería por sí llevarme a amarte siempre. ¿Y quién más que tú, que eres el Dios de la infinita misericordia, habría soportado mis enormes faltas? Soy consciente que hace mucho tiempo me invitas a amarte; no quiero resistir más a tu amor, y me dedico enteramente a ti. Bastante te ofendí, ahora quiero amarte.

Te amo, sumo bien mío. Te amo, bondad infinita; te amo, Dios mío, porque eres digno de un amor infinito, y quiero repetir siempre en el tiempo y en la eternidad: te amo, te amo.

¡Oh Dios, cuántos años he perdido, durante los cuales hubiera podido quererte y progresar en tu amor, en vez de haberlos empleado en ofenderte!

Pero tu Sangre, oh Jesús mío, es mi esperanza. Nunca, espero, dejaré de amarte. Ignoro cuánto me queda de vida. El resto de mi vida, tanto si es corto o largo, te lo consagro entero. Con este fin todavía me esperaste. Quiero amarte siempre, mi amantísimo Redentor, quiero complacerte, y amarte solo a ti: ¿qué son los placeres, qué las riquezas, qué los honores? Tú solo, Dios mío, eres y serás siempre mi amor y mi todo.

Pero nada puedo si no me ayudas tú con tu gracia. Hiere mi corazón, inflámalo enteramente con tu amor y únelo del todo a ti, de manera que no pueda separarse nunca de ti. Prometiste amar al que te ama: «Yo amo a los que me aman». Ahora yo te amo, perdona mi audacia, ámame tú también y no permitas que haga nada que impida que me ames. «Quien no ama, permanece en la muerte». Líbrame de esa muerte que consiste en que yo no te ame, haz que siempre te ame a fin de que a tu vez puedas amarme, y así nuestro amor sea eterno y sea indisoluble el lazo de amor que hay entre tú y yo.

Concédeme esto, Padre eterno, por el amor de Jesucristo; hazlo, amabilísimo Jesús, por tus méritos, por los que tengo la dulce esperanza de amarte y de ser siempre amado por ti.

María, madre de Dios, y madre mía, ruega también a Jesús por mí.

Jueves

Oh Dios de infinita majestad, mira aquí postrado a tus piés al traidor que te ha ofendido tanto: tú tantas veces has perdonado mis pecados; pero yo, despreciando tus beneficios y dones que me regalaste, otras tantas he vuelto a ofenderte. Los demás pecaron envueltos entre las tinieblas, mientras que yo pequé en la luz; pero escucha la voz de tu Hijo, que te ofrecí esta mañana y que está todavía en mi pecho; él te implora para mí misericordia y perdón. Perdóname, Bondad infinita, por el amor de Jesucristo, y porque me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido.

Sé que te haces clemente a los pecadores por el amor de Jesucristo: «Se complació en reconciliar a todos en Él». Por el amor de Jesucristo, hazte clemente también. No me arrojes de tu presencia, aunque lo merezca; perdóname y cambia mi corazón. «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro».

Hazlo al menos por tu honor, porque me hiciste sacerdote, tu ministro, y como tal destinado a ofrecerte a tu propio Hijo. Hazme vivir como conviene a un sacerdote, y dame un corazón que te ame como debe amarte un sacerdote. Extingue y destruye en mí con el fuego de tu santo amor todas las afecciones de la tierra: haz también que sea en lo sucesivo agradecido a los beneficios que me dispensaste y por tanto amor por el que me amaste. Si antes desprecié tu amistad, ahora la prefiero a todos los reinos de la tierra, y antepongo tu beneplácito a todas las riquezas y los placeres del cielo y de la tierra.

Oh Padre mío, por el amor de Jesucristo apártame de todas las cosas; tú quieres que tus sacerdotes estén separados enteramente de todo lo que está en el mundo , y que no vivan más que por ti y por la obra de tu gloria. «Separadme a Saulo y Bernabé, para la obra a la que los he llamado». Ya sé que exiges de mí lo mismo y me propongo hacerlo, pero ayúdame, Señor, con tu gracia. Atráeme enteramente hacia ti.

Concédeme la paciencia y la resignación a tu voluntad. Dame el espíritu de mortificación por tu amor. Dame también el espíritu de una verdadera humildad, por el que desee ser considerado por los demás como un objeto despreciable e imperfecto. Enséñame a hacer tu voluntad, e indícame lo que quieres de mí, que pienso hacerlo.

Recibe, oh Dios mío, a este miserable pecador que te ha ofendido tanto, pero que quiere ahora amarte enteramente y ser del todo tuyo. Oh Dios eterno, espero amarte eternamente; y por ello quiero amarte mucho en esta vida, para que pueda amarte también mucho en la eternidad.

Y porque te amo, deseo que seas conocido y amado por todos los hombres; y puesto que me has hecho tu sacerdote, Señor, haz que me dedique a trabajar por ti y dar la salvación a las almas.

Espero todo esto por tus méritos, oh Jesucristo, y por tu intercesión, oh María, madre mía.

Viernes

Oh Jesús mío, ¿y cómo pudiste elegirme entre miles para tu sacerdote? ¿Yo, que te di la espalda tantas veces y que he despreciado tu gracia por nada? Mi amantísimo Señor, me arrepiento de mis pecados con toda mi alma. Dime, ¿has perdonado mis pecados? Yo espero que sí. Fuiste mi Redentor, no una sola vez, sino tantas veces como me perdonaste. ¡Ah, Salvador mío, ojalá que no te hubiese nunca ofendido! Hazme oír lo que dijiste a Magdalena: «tus pecados son perdonados». Haz que yo sienta que he sido recibido en tu gracia, concediéndome un intenso dolor de mis pecados. «En tus manos encomiendo mi espíritu, tú me salvarás, Señor, Dios de la verdad». Oh, divinísimo Pastor, tú descendiste del cielo para buscarme a mí, oveja perdida, y todos los días desciendes al altar por mi bien: pusiste tu vida para salvarme, no me abandones; «en tus manos encomiendo mi alma», recíbela por tu clemencia, y no permitas que me separe nunca de ti.

Tú derramaste por mí toda tu Sangre: «Por eso, te suplicamos que socorras a tus siervos, que redimiste con tu preciosa Sangre». Ahora eres mi abogado, no mi juez: implora mi perdón ante tu Padre: obténme la luz y la virtud de amarte con toda mi alma; concédeme que pueda pasar el resto de mi vida de modo que cuando te vea como mi juez, te halle bien dispuesto.

Reina por tu amor en mi corazón; haz que sea todo tuyo; y por esto, Salvador amable, recuérdame siempre el amor con el que me amaste, y todo cuanto has hecho y has padecido para salvarme y para que te amara. Para esto me hiciste sacerdote, para que no pensara en amar a nada más que a ti.

Jesús mío, quiero complacerte; yo te amo y no quiero amar a nada más que a ti.

Hazme humilde y paciente en los trabajos de esta vida, manso en los desprecios, incompatible con los placeres terrenos, desprendido de las criaturas, y concédeme que arroje de mi corazón todo afecto que no sea para ti.

Todo te lo pido y lo espero todo por los méritos de tu pasión. Mi querido Jesús, mi muy amado Jesús, mi buen Jesús, escúchame.

Oh María, mi madre y mi esperanza, escúchame también tú y ruega a Jesús por mí.

Sábado

«Habla, Señor, que tu siervo escucha»: Oh Jesús amantísimo, tú viniste esta mañana de nuevo a visitar mi alma, te doy gracias de todo corazón.

Ya que viniste a mí, habla, di lo que quieres de mí, porque quiero hacerlo todo. No merecía que me hables más porque rehusé tantas veces oír tu voz por la que me llamabas a tu amor e ingrato volví la espalda; de mis pecados ya he hecho penitencia y ahora me arrepiento de nuevo de ellos, y confío que ya he obtenido tu perdón. Dime pues qué quieres que haga, que estoy preparado para todo.

Ojalá que siempre te amase, Dios mío. Ay de mí, cuántos años perdí, pero tu sangre y tus promesas me dan esperanza de poder reparar el tiempo perdido, dedicándome solo a amarte y siéndote agradable. Te amo, Redentor mío, te amo, Dios mío, y no aspiro a nada sino a amarte de todo corazón y dar mi vida por tu amor que quisiste sufrir la muerte por mí. Te diré con San Francisco: «Por el amor de tu amor moriré, pues te dignaste morir por el amor de mi amor».

Tú te entregaste enteramente a mí, Jesús, diste tu sangre, tu vida, todos tus sudores, todos tus méritos; no había nada más que dar. Por lo tanto, yo también me entrego totalmente a ti, te ofrezco todos mis goces, todos los placeres de la tierra, mi cuerpo, mi alma, mi voluntad; no tengo nada más que darte: si tuviera más, más te daría también. Jesús amantísimo, tú solo me bastas.

Haz también, Señor, que te sea fiel; no permitas que cambie mi voluntad y te abandone. Espero, por los méritos de tu pasión, Salvador mío, que esto nunca me sucederá. Tú dijiste: «Nadie esperó en el Señor, y quedó confundido». Por ello, puedo decir con segura confianza: «En ti, Señor, esperé; no quede yo confundido eternamente». Espero, oh Dios de mi alma, y siempre quiero esperar que nunca padeceré la confusión de verme separado de ti. «En ti, Señor, esperé; no quede yo confundido eternamente».

Dios mío, tú eres omnipotente, hazme santo: haz que te ame mucho, haz que no omita nada que redunde en tu gloria, y que supere todo para agradarte. Feliz de mí si lo perdiera todo para encontrarte a ti y a tu amor. Para este fin me diste la vida, haz que emplee todas mis obras para tu gloria.

No merezco beneficios, sino castigos; por eso te digo: castígame como quieras, con tal de que no me prives de tu gracia.

Tú me amaste sin medida, amor infinito, infinita bondad, así te amo y te amaré. ¡Oh voluntad de Dios!, tú eres mi amor. ¡Oh Jesús mío!, tú has muerto por mí, ojalá que yo pudiera morir por ti y mi muerte obtenga que todos te amen. ¡Oh bondad infinita e infinitamente amable!, te estimo y te amo sobre todas las cosas.

Oh María, atráeme enteramente hacia Dios: dame la confianza en ti, y haz que en ti encuentre siempre un auxilio; a ti corresponde santificarme con tu intercesión: así lo espero.

Traducido desde el latín por la redacción de vidasacerdotal.org

8. Oración de San Alfonso María de Ligorio al Santísimo Nombre de María

¡Madre de Dios y Madre mía María!

Yo no soy digno de pronunciar tu nombre; pero tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro tu santo y poderoso nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir.

¡Dulce Madre, María! haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida.

No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame, pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar.

¡María!

Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado:

“¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!”

¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en ti!
Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este nombre tan dulce, tan amable y poderoso.

Señora, no me contento con sólo pronunciar tu nombre; quiero que tu amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con san Anselmo: “¡Oh nombre de la Madre de Dios, tú eres el amor mío!”.

Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros nombres salvadores.

Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros nombres adorados.

Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concédeme entonces la gracia de deciros: “Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.

Amén.

9. Oración de San Alfonso María de Ligorio

Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombres estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar.

Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en esta iglesia.

Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.

10. Oración al Espíritu Santo de San Alfonso María de Ligorio

Dígnate también abrasar mi corazón con tu amor
¡Oh Espíritu Santo, divino Paráclito, Padre de los pobres, Consolador de los afligidos, santificador de las almas, heme aquí, postrado ante tu presencia. Te adoro con la más profunda sumisión, y repito mil veces con los serafines que están ante tu trono: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!
Tú, que has llenado de inmensas gracias el alma de María e inflamado de santo celo los corazones de los apóstoles, dígnate también abrasar mi corazón con tu amor.

Tú eres un espíritu divino, fortifícame contra los malos espíritus; tú eres fuego, enciende en mí el fuego de tu amor, tú eres luz, ilumíname, hazme conocer las verdades eternas; tú eres una paloma, dame costumbres puras; eres un soplo lleno de dulzura, disipa las tempestades que levantan en mí las pasiones; eres una nube, cúbreme con la sombra de tu protección; en fin, a ti que eres el autor de todos los dones celestes: ¡ah!

Te suplico, vivifícame con la gracia, santifícame con tu caridad, gobiérname con tu sabiduría, adóptame como tu hijo por tu bondad, y sálvame por tu infinita misericordia, para que no cese jamás de bendecirte, de alabarte y de amarte; primero en la tierra durante mi vida, y luego en el cielo durante toda la eternidad.

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