Santa Laura Montoya

Por su tenacidad, perseverancia y entrega, la Madre Laura es considerada una mujer ejemplar, pues fue una líder en épocas en que las mujeres no tenían voz.

21 DE OCTUBRE

La Madre Laura, fue una religiosa colombiana, educadora y misionera fundadora de la Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina de Sena. nació en Jericó (Antioquia), Colombia, el 26 de mayo de 1874.Su padre, que era médico y comerciante, murió asesinado cuando ella tenía dos años de edad durante la guerra civil ocasionó una difícil situación económica en su familia.​ Su madre se vio obligada a emplearse como maestra de religión.

Debido a la precaria situación económica de su madre, Laura fue dejada en un hogar de huérfanos, luego se fue a vivir con su tia, luego vivió brevemente con su madre y cuando su abuelo enfermó se fue a cuidarlo hasta su muerte.

Laura obtuvo una beca del gobierno y entró a estudiar para hacerse profesora. Al terminar sus estudios, se dedicó a formar jóvenes dentro de la fecatólica en diferentes escuelas públicas. Alli enfrentó la oposición de algunas personas, pero ella tuvo el apoyo del Secretario de Instrucción Pública.

La guerra civil de 1895 obligó el cierre de las escuelas públicas, y Laura únicamente pudo mantener las clases preescolares en su propia casa.En1897 fue trasladada a la población de Santo Domingo, donde se dedicó a catequizardar a los niños del campo. Mientras desarrollaba su carrera pedagógica, cultivó la mística profunda y la oración contemplativa.

Tiempo más tarde comprendió que su verdadera misión era evangelizar a las comunidades indígenas de la región. Se trasladó a Dabeiba en compañía de 6 catequistas con la aprobación del obispo, para trabajar con los indígenas Emberá Katíos.​

Desde entonces dedicó el resto de su vida al apostolado y las misiones escribió más de 30 libros en los cuales narró sus experiencias místicas con un estilo comprensible y atractivo. Su autobiografía se titula «Historia de la Misericordia de Dios en un alma».

Pasó sus últimos 9 años de vida en silla de ruedas. Falleció en Medellín el 21 de octubre de 1949, tras una larga y penosa agonía.

Escritos de Santa Laura

Los escritos de Santa Laura Montoya son, como lo confirman las actuales investigaciones en torno a ellos, un aporte a nuestra lengua castellana y constituyen un legado espiritual, intelectual, cultural… muy significativo para el patrimonio del país, de la Iglesia y de la humanidad. Laura Montoya Upegui escribió 2,814 cartas y 25 libros, el principal su propia Autobiografía, a la que ella misma titulo «Las Misericordias de Dios en un alma» y otras como «Aventura a Dabeiba», «Lampos de Luz» 1 y 2, «Manojitos de Mirra», «Voces Místicas», «Devociones Eucarísticas», «Catecismo Katío» entre otros.

En el archivo se conservan todas sus obras, originales y borradores, manuscritos, mecanuscritos, fotografías y las primeras ediciones de sus escritos dirigidas y publicadas por ella en la imprenta Santa Teresita, fundada por la escritora en 1929 en Santa Fe de Antioquia, la que continúo en Belencito-Medellín, en donde murió el 21 de octubre de 1949.

Las facetas de escritora y editora surgieron en el afán de hacer conocer la vida y actividad de la misión, la relación y trabajo con los indígenas, el valor de las culturas y el talante apostólico carismático de sus hijas, entre otros,  como medio para motivar y fortalecer la dimensión misionera de la Iglesia y la gloria de Dios.

Por lo anterior el P. Carlos Eduardo Mesa, principal biógrafo de la Santa, concluye que «Laura Montoya hizo de la pluma realmente un nuevo escenario para la misión»

¡Cuánta sed tengo! ¡Sed de saciar la vuestra Señor!

¡Cuánta sed tengo! ¡Sed de saciar la vuestra Señor! Al comulgar nos hemos juntado dos sedientos. Vos de la gloria de vuestro Padre y yo de la de vuestro Corazón Eucarístico! Vos de venir a mí y yo de ir a vos, de sacrificarme como víctima por los pecados del mundo, reparando los ultrajes que el mundo os hace; Vos de almas y yo de dártelas. ¡Vos de correspondencia y yo de corresponderte! Aplacad, Señor, mi sed, que yo con todas las fuerzas de mi alma quiero aplacar la vuestra – Historias de la misericordia de Dios en un alma.

Santa Laura Montoya 
Vencida por tu amor, no me queda más camino que dejarme querer

Tantos años me he pasado trabajando por ser agradecida con Dios, que al ver mi impotencia me le declaré vencida y determiné dejarme amar, con un abandono completo. Por eso viendo que la lucha era tan desigual, tuve que abandonar las armas y le digo: “Vencida por tu amor, no me queda más camino que dejarme querer”. Ya no pienso en luchar por corresponderle, porque la lucha supone armas iguales, ¿Cuáles son las nuestras, para ponerlas en comparación con las suyas? Lo único que me resuelvo a hacer es decirle que Él mismo venga al sitio de mi derrota, en donde me encontrará abandonada a su amor, en la más dulce derrota. — Historias de la misericordia de Dios en un alma, Pag, 104

Santa Laura Montoya 
Dios es el mejor maestro para sacar de nuestras almas, sus mejores esencias

Sufrir con amor, amando al que envía la pena y a la pena misma, hace que el corazón vaya dando, por medio de la purificación, la esencia de la caridad pura. Así el corazón se decolora y pierde sus modos humanos. Es entonces cuando Dios nos da ese corazón nuevo que le pedía David. ¿Cómo pues el alma no ha de amar las penas de la vida? El secreto para comenzar es no dejar amargar el corazón con ellas y mirarlas con los ojos de Dios — Historia de las misericordias de Dios en un alma. Pag, 570

Santa Laura Montoya 

¿De qué no se valdrá el Señor para comunicarse con los que ama?

Pero en la oración de aquel día, le dije al Señor: Tómame Dios mío, invádeme de tal modo que no quede nada en mí que no esté lleno de Ti, con esa propiedad que tienes para comunicarte e invadir a los que amas. Todo fue decirle esto a mi Dios, para sentirme llena de Él que ya no tuve otra oración, por más de veinte días. Y me producía lágrimas al repetirle a mi Dios: Señor, estoy tomada por Ti… ¡Me has invadido, me has tomado y has aumentado mi dolor de verte desconocido! En fin, aquellos veinte días nadé, por decirlo así, en un mar deífico, en una invasión del Ser de Dios, y todo, amado padre, por aquel incidente tan sin importancia, tan independiente de la oración.  — Historias de la misericordia de Dios en un alma. Pag, 180

Santa Laura Montoya 

Aunque Dios no nos recompensara, le deberíamos el homenaje de todo sacrificio

¡Solo cuando las cosas son por Dios, es cuando hacen tanto escándalo como si Él solo fuera indigno de algún sacrificio! ¡Ah mundo malo y perverso que pone los gritos en el cielo porque se cumple la justicia y luego elogia como justa la maldad! Aunque Dios no fuera a recompensarnos, solo por ser quién es, le deberíamos el homenaje de todo sacrificio, sin que por eso se nos llamara ni siquiera buenas, ¡cuanto menos heroicas! — Historia de las misericordias de Dios en un alma. Pag, 662

Santa Laura Montoya 

Aunque Dios no nos recompensara, le deberíamos el homenaje de todo sacrificio

¡Solo cuando las cosas son por Dios, es cuando hacen tanto escándalo como si Él solo fuera indigno de algún sacrificio! ¡Ah mundo malo y perverso que pone los gritos en el cielo porque se cumple la justicia y luego elogia como justa la maldad! Aunque Dios no fuera a recompensarnos, solo por ser quién es, le deberíamos el homenaje de todo sacrificio, sin que por eso se nos llamara ni siquiera buenas, ¡cuanto menos heroicas! — Historia de las misericordias de Dios en un alma. Pag, 662

Santa Laura Montoya 

Dios mío, recibo las frutas del árbol de tu Corazón

Se me ocurre, Dios mío, una cosa: Cuando un padre sale con su niña a la arboleda, sube a los árboles y comienza a tirarle frutas que ella, embelesada, recibe en su delantal; el padre al tirárselas va diciéndole: Ésta es para ti, ésta para que lleves a tu madre; ésta otra para tu hermanito; ésta tan hermosa, se la llevas a tu maestra; la otra a tu criada, etc… Pues bien Dios mío, yo soy esa niña. Recibo las frutas del árbol de tu Corazón, las voy a recopilar en este cuaderno, para que cuando sea tiempo, el señalado por vuestro mismo Corazón, me digas a quiénes debo darlas. No importa que ahora no sepa lo que debo hacer de mi precioso depósito. Lo sabré a tiempo, por tarde que me parezca, porque es un hecho probado que Dios no gasta afán y siempre llega a tiempo. Quedo pues, muy tranquila. — Historias de la misericordia de Dios en un alma. Pag, 287

Santa Laura Montoya 

Dios mío, recibo las frutas del árbol de tu Corazón

Se me ocurre, Dios mío, una cosa: Cuando un padre sale con su niña a la arboleda, sube a los árboles y comienza a tirarle frutas que ella, embelesada, recibe en su delantal; el padre al tirárselas va diciéndole: Ésta es para ti, ésta para que lleves a tu madre; ésta otra para tu hermanito; ésta tan hermosa, se la llevas a tu maestra; la otra a tu criada, etc… Pues bien Dios mío, yo soy esa niña. Recibo las frutas del árbol de tu Corazón, las voy a recopilar en este cuaderno, para que cuando sea tiempo, el señalado por vuestro mismo Corazón, me digas a quiénes debo darlas. No importa que ahora no sepa lo que debo hacer de mi precioso depósito. Lo sabré a tiempo, por tarde que me parezca, porque es un hecho probado que Dios no gasta afán y siempre llega a tiempo. Quedo pues, muy tranquila. — Historias de la misericordia de Dios en un alma. Pag, 287

Santa Laura Montoya 

¿Qué es la sagrada hostia?

¿Qué es la sagrada Hostia? Es el Dios de mi corazón y el corazón de mi Dios. ¡Luz mía, oculta en la Hostia, difundíos en todos los corazones! ¡Síntesis divina de todos mis amores, hostia mía, deja que muera ya por vuestro amor. — La Madre Laura. Pag, 99

Santa Laura Montoya 

¡Pienso en tantas cosas que me llenan de agradecimiento!

No lloré al nacer ni lo hice hasta seis meses después. Habituados mis padres al casi continuo llanto de mi hermana mayor, creyeron que alguna enfermedad motivaría esta rareza. Consultaron un médico quien, después de examinarme, ¡halló que la chica tenía una salud completa! A veces pienso que como Dios no hace nada al acaso, esta circunstancia entrañaría algo de mi futuro destino. Me necesitabas, Dios mío (perdóname esta palabra), ¡me necesitabas tan guapa, tan sin nervios, tan aguantadora! Además, ¡cómo había de llorar al entrar en la vida, aquella que tanto iba a agradecerte ese préstamo! ¡Aquella a quien ibas a hacer tan venturosa a las pocas horas de vida! ¡Oh, Dios mío! Quizás me excluiste de la ley general del llanto, en aquel asomar de la vida, porque, ¡más tarde tendría que llorar mis propios pecados y los ajenos! ¡Sería porque mis lagrimales no se vaciaran sino por un motivo justo! Pienso tantas cosas que me llenan de agradecimiento. ¡Y mi amor tan poco proporcionado a tus dádivas! — Historia de las misericordias de Dios a un alma. Pag, 30

Santa Laura Montoya 

Deja que Dios se refleje en tu alma

Con dos o tres preguntas que me hizo, tuvo el sabio director para definirme lo que hacía muchos meses que me traía inquieta, creyéndome culpable de una falta de gracia. Me dijo que esas penas habían hecho cierta purificación en mi amor y que entonces Dios había simplificado mi alma, lo cual significaba un nuevo aumento de unión con Él.

Esta explicación, reverendo padre, me llenó de luz y vimos claramente que no era aquello sino un quedar uno lo que era múltiple; un vivir sin detalles, porque se tiene el total; un cristalizarse lo que andaba opaco… ¿Cómo diré? ¡Es más asemejarse a Dios tan simple, tan uno!

Entendí, entonces, padre mío, aquello de actos indistintos que había leído sin entenderlo. Tanto obrar, tanto pensar, tanto querer y ser en la parte íntima del alma un solo acto. Parecido esto, aunque remotamente a la diversidad o distinción de las Personas en la Augusta Trinidad, y la tan absoluta Esencia divina. ¿Y cómo se verifica en el alma esta unificación, esta simplificación? No lo sé. Dios se va reflejando en el alma. ¡Eso es todo! —Historias de las misericordias de Dios a un alma. Pag, 807

Santa Laura Montoya 

¡Pidámosle a Dios su mismo corazón!

En todo, padre mío, me parece mejor no verme sino ver a Dios. Las peticiones pequeñas prueban nuestra pequeñez y no nuestra humildad.¡Pidámosle a Dios su mismo corazón y no nos habremos extralimitado!

Más tarde he llegado hasta pedirle a Dios, su mismo poder omnipotente, para hacer prodigios o milagros, cuando lo ha necesitado la fe para los infieles y no he sido burlada.

Por esto cuando tengo que pedirle algo que no tiene más objeto que mi miserable personilla, me apeno de Dios. Pedirle a Dios poco y darle poco, es cosa que no me entra bien, sin embargo, le he dado bien poco, por desgracia. —Historias de las misericordias de Dios a un alma. Pag, 326

Santa Laura Montoya 

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