Evangelio de hoy miércoles, 22 de diciembre de 2021

«Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador»

Texto del Evangelio (Lc 1,46-56): 

En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

Marí
a permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.

La Visitación de Nuestra Señora - 31 de Mayo | El pan de los pobres

https://evangeli.net/evangelio

Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas(Girona, España)

Hoy, el Evangelio de la Misa nos presenta a nuestra consideración el Magníficat, que María, llena de alegría, entonó en casa de su pariente Elisabet, madre de Juan el Bautista. Las palabras de María nos traen reminiscencias de otros cantos bíblicos que Ella conocía muy bien y que había recitado y contemplado en tantas ocasiones. Pero ahora, en sus labios, aquellas mismas palabras tienen un sentido mucho más profundo: el espíritu de la Madre de Dios se transparenta tras ellas y nos muestran la pureza de su corazón. Cada día, la Iglesia las hace suyas en la Liturgia de las Horas cuando, rezando las Vísperas, dirige hacia el cielo aquel mismo canto con que María se alegraba, bendecía y daba gracias a Dios por todas sus bondades.

María se ha beneficiado de la gracia más extraordinaria que nunca ninguna otra mujer ha recibido y recibirá: ha sido elegida por Dios, entre todas las mujeres de la historia, para ser la Madre de aquel Mesías Redentor que la Humanidad estaba esperando desde hacía siglos. Es el honor más alto nunca concedido a una persona humana, y Ella lo recibe con una total sencillez y humildad, dándose cuenta de que todo es gracia, regalo, y que Ella es nada ante la inmensidad del poder y de la grandeza de Dios, que ha obrado maravillas en Ella (cf. Lc 1,49). Una gran lección de humildad para todos nosotros, hijos de Adán y herederos de una naturaleza humana marcada profundamente por aquel pecado original del que, día tras día, arrastramos las consecuencias.

Estamos llegando ya al final del tiempo de Adviento, un tiempo de conversión y de purificación. Hoy es María quien nos enseña el mejor camino. Meditar la oración de nuestra Madre —queriendo hacerla nuestra— nos ayudará a ser más humildes. Santa María nos ayudará si se lo pedimos con confianza.

Domingo IV de Adviento | Archidiócesis de Sevilla

https://www.ciudadredonda.org/

El canto del “Magnificat”, otra vez. Lo hemos escuchado muchísimas veces. Pero, esta vez, en Adviento, y a las puertas de la Navidad, debería sonar de otro modo. Porque la Palabra de Dios es siempre viva y eficaz. Y tiene su propia forma de llamar a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón.

A mí me suena a anticipo de lo que, en algún momento, espero poder disfrutar plenamente. La promesa de un mundo mejor, donde reinará la justicia que, por ahora, no vemos en el tiempo en que vivimos. María se siente privilegiada, porque ha sentido en su carne lo que significa sentirse querida, mimada por Dios.

Pero eso no la convierte en una privilegiada, en alguien separada de nosotros, los pobres mortales. Al revés, es un espejo, donde todos podemos mirarnos. Es la primera de los discípulos, pero no la única discípula. Todos somos discípulos, y todos estamos llamados a sentir que Dios ha hecho cosas grandes por cada uno de nosotros.

Puede ser un buen día para revisar esos momentos en los que hemos visto a Dios caminando a nuestro lado. Recordar (volver a pasar por el corazón, con agradecimiento) y darle gracias por su presencia en nuestra vida. Quizá hayan sido momentos duros, pero en los que Dios ha ido sufriendo y compadeciéndose de nosotros. O momentos buenos, felices, en los que Él se encontraba cerca. Cada uno sabrá. Podría ser bonito, en nuestra oración, componer nuestro propio “Magnificat”, nuestro propio canto de acción de gracias. Rezar con experiencias de nuestra vida, por las que se puede – y también se debe – dar gracias a Dios. Y prepararse para lo que viene, con un calorcito agradecido en el corazón.

En la primera lectura, hemos visto cómo Ana entregó a su hijo al Señor, agradecida por haberlo podido concebir. Puedes pensar también qué ofrecer a Dios para agradecerle todo lo que ha hecho por ti.

“María se quedó tres meses”. Estuvo ayudando a su prima, hasta que le llegó la hora de dar a luz. Tú, quizá no puedas estar tres meses en un mismo sitio ayudando, pero quizá sí puedas ayudar a alguien un poco. No dejes de pensarlo.

Ojalá esperemos con más ilusión todavía al Niño Jesús. Porque a nosotros nos ha tocado ya seguro.

Pensamientos para el Evangelio de hoy

«María dijo: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’. Por ello —Ella dice— ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin»

(San Beda el Venerable)

«En casa de Isabel y Zacarías, escuchamos el “Magnificat”, este gran poema que nos llega de los labios, mejor dicho, del corazón de María, inspirado por el Espíritu Santo. ‘Mi alma engrandece al Señor’… María es grande precisamente porque no quiso hacerse grande a sí misma»

(Benedicto XVI)

«Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el “Magnificat”, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo»

(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.097)

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