Reflexión al Evangelio miércoles 9 de febrero 2022/ «Misionando Con Amor» 5ª Semana Tiempo Ordinario

“Si alguien tiene oídos para oír, que oiga”

Vengan, inclinémonos para adorar a Dios, doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó; porque él es nuestro Dios.  Sal 94, 6-7

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según  San Marcos (7,14-23)

“Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre.”

Jesús, llamando a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!”. Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola. Él les dijo: “¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿no saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo, porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?”. Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos. Luego agregó: “Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

Palabra del Señor R. Gloria a ti Señor Jesús.

SANTORAL

MEDITACIÓN

Cuando más pleno sea Dios en nosotros, más llenos de su bondad estaremos y obraremos.”

Encontramos de vuelta a Jesús luchando contra un concepto muy arraigado en la cultura de los israelitas: sobre los alimentos que son puros o impuros. Su enseñanza se basa en que la corrupción surge desde dentro de la persona, dependiendo de su mala intención, es decir, no se debería evaluar sólo la acción en sí, el cumplimiento externo de una norma o pensar que algo en sí es malo, sino depende de la intencionalidad que la persona le da a ello. Depende de las buenas o malas intenciones, que se gestan en la interioridad de la persona para decir si son buenas o malas las acciones. Les está orientando para que se liberen frente a la ley en relación a las prescripciones sobre la pureza e impureza. Y les enseña que los alimentos en sí mismos no son malos, no puede ser impuro un alimento si no está en juego la impureza (mala intención) del corazón de la persona.

En esa época para que se diga de algo puro o impuro, debe relacionarse sobre lo sagrado y profano. Jesús condena el automatismo de la ampliación de la ley, es decir, la búsqueda privilegiada de ciertas zonas de refugio (la ley) que bastaría alcanzar para sentirse automáticamente salvo. No hay apriorismos sagrados, o sea, no basta que una persona, un lugar, una casa hayan sido consagrados a Dios, para que hagan automáticamente sagrados e intocables. La única santificación posible viene a posteriori (después), cuando el ser humano libre y conscientemente asume una conducta conforme a la voluntad de Dios. Depende de la respuesta libre y voluntaria que la persona haga ante lo que tiene delante, y si la respuesta se da desde un corazón malo, el resultado será malo, y si se da desde un corazón sin malicia sino con bondad, el resultado será bueno.

No existe nada sagrado o profano, puro o impuro en sí, dependen de la intencionalidad con que se esté ofreciendo o viviendo el objeto en sí. Para los israelitas y para las primeras comunidades judeocristianas era difícil discernir la impureza legal y la de los alimentos. Jesús aclara al decir que no existe nada sucio o impuro en el exterior del ser humano, sino que sólo será malo a los ojos de Dios si su corazón ensucia, si obra con mala intención. Por eso podemos decir que la santidad si bien refiere a la actitud externa, gestos y palabras que se puedan visibilizar, proviene fundamentalmente del interior de la persona para que obre con buena voluntad. Fácilmente nosotros caratulamos a las personas por sus apariencias que, muchas veces, nos llevan a equivocarnos en hacer un juicio. La malicia o la bondad provienen de la intención y de la voluntad de cada persona. Así, por ejemplo, una cosa externamente buena puede ser mala, porque se hace con mala intención o con mala voluntad; incluso, una cosa externamente mala puede no serlo por falta de conocimiento o por falta de voluntad. La voluntad de Dios es que lleguemos a ser santos (cf. 1 Tes 4,3). Y eso cuando le llevamos dentro a Dios, está impregnado en nuestro corazón lo que Dios quiere y Él es quien guía nuestro querer, por tanto, cuando más pleno sea Dios en nosotros, más llenos de su bondad estaremos y obraremos con un corazón bondadoso.

En nuestro texto, se reclama al pensar que se cumple con la voluntad de Dios cuando se purifican por fuera, pero lo que Él quiere es la escucha atenta de su Palabra (es decir, que lo lleven a la práctica) y amar desinteresadamente al prójimo (cf. Os 6,6). El que ama de verdad a Dios Padre no es sólo quien lo dice de palabras (cf. Is 29,13; Mt 7,21-23), sino aquel que busca a Dios y lo obedece, sirviendo a sus hermanos, perdonando a quienes lo han ofendido o faltado y amando a cada uno con todo el corazón. Esa es la mejor ofrenda que será agradable a Dios (cf. Rom 12,1). Si el creyente no escucha ni sigue al Maestro, con toda su vida, terminará haciendo sólo su voluntad, a su medida, en lo que le conviene y no obrará con buena intención según la voluntad de Dios que quiere nuestra vida y que seamos santos. Sabemos que esa santidad implica muchas cosas, pero fundamentalmente vivirle al Señor desde dentro y obrar con el corazón puro siempre y con todos.

¿Lo que hacemos es porque queremos que se nos aplauda y reconozca delante de los demás, o es para ayudar de verdad al hermano que necesita y agradar a Dios? ¿Cómo reaccionamos cuando entra fuerte la tentación en nuestra interioridad: le damos cuerda haciendo volar nuestra fantasía, o empezamos a rezar el rosario o ir ante el Santísimo y entregar al Señor para que Él nos purifique y no caigamos? ¿Miramos con pureza a los demás o con malicia? ¿Fácilmente caemos en la murmuración o cerramos el oído a no prestarnos a alargar la cadena de la difamación a los hermanos?..

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