Reflexión al Evangelio miércoles 16 de febrero 2022/ «Misionando Con Amor» 6ª Semana Tiempo Ordinario

“Veo hombres, como si fueran árboles que caminan”

Señor, sé para mí una roca protectora, un baluarte donde me encuentre a salvo, porque tú eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre, guíame y condúceme.  Sal 30, 3-4 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según  San Marcos (8,22-26)

“Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó sano y veía todo con claridad.”

Cuando Jesús y sus discípulos, llegaron a Betsaida, le trajeron un ciego a Jesús y le rogaban que lo tocara. Él tomó al ciego de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo. Después de ponerle saliva en los ojos e imponerle las manos, Jesús le preguntó: “¿Ves algo?”. El ciego, que comenzaba a ver, le respondió: “Veo hombres, como si fueran árboles que caminan”. Jesús le puso nuevamente las manos sobre los ojos, y el hombre recuperó la vista. Así quedó sano y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: “¡Ni siquiera entres en el pueblo!”.

Palabra del Señor R. Gloria a ti Señor Jesús.

UNA FRASE DE AMOR

SANTORAL

MEDITACIÓN

Con gestos y palabras estamos anunciando las maravillas del amor de Dios, ofrecido y disponible para todos.”

Así como el caso del sordomudo (cf. Mc 7,31-37), Jesús utiliza gestos como se hacían en la magia. Pero Jesús no hace magia, sino que está usando el lenguaje gestual, para que su destinatario, el ciego, pudiese entender lo que está haciendo. La intención es que el ciego pudiese ser bien consciente de lo que estaba sucediendo y por suceder. Jesús está curando al ciego con un rito de imposición de sus manos y le pone su saliva en los ojos. La imposición de manos significaba autoridad, colación de poder, considerada ciertamente como un rito religioso. Al realizarla el Señor, señala que su proceder curativo no provenía de ningún curanderismo, sino de la virtud recibida del Padre, pues “salía de Él y curaba” (Lc 4,40).

Esta curación no se realiza de repente al instante ya totalmente, sino que se hace en un proceso, en donde notamos dos momentos: en un primer momento, el ciego logra ver un poco confusamente, esto es, confunde a los hombres con los árboles, así como los niños cuando hacen los primeros dibujos; recién en un segundo momento dicha curación llega a ser completa. Si bien el milagro es una acción extraordinaria de Dios, sin embargo, en este caso, se acomoda al curso normal de la recuperación natural, haciendo notar que se trata de un camino, de un proceso. En ese primer momento, no se logra una vista total y perfecta, sino el inicio: tal vez se alcanza a ver al ser humano, su dignidad y lo que conlleva, la naturaleza, etc.

Ver en el ser humano su dignidad, con las implicancias de su igualdad y de sus derechos, es algo básico que un cristiano no podría perder de vista, aunque deberíamos ir más allá, procurando ver en el hombre a un hijo de Dios, a un hijo de Dios tal vez alejado del Padre, enemistado con el Padre, sumido en su actitud de rebeldía, pero siempre es un hijo de Dios. No es suficiente vivir un espíritu de bondad natural, de justicia natural y social, sino también, y fundamentalmente, se debería llegar a vivir el espíritu de fe, saltando hacia la justicia evangélica, mucho más profunda que la sola justicia social. Es lograr tener una mirada teológica, mirada de fe hacia los hermanos, en quienes Dios se hace presente, es ver a Dios en los hombres. ¿Por qué será que Jesús está obrando de esta manera gradual? Porque nos quiere enseñar que no se debe hacer del milagro un motivo de actitudes triunfalistas. A Jesús se lo puede identificar como un taumaturgo en el doble sentido de la palabra: o en virtud de unas extraordinarias facultades psico-físicas o en virtud de un poder sólo sobrenatural. Aunque el creyente no necesita demostrar el carácter sobrenatural del prodigio (milagro), porque éste puede ser el resultado de su fe, que Jesús pide para regalar esa Gracia. Porque también puede pasar que por falta de fe Jesús se niegue a obrar en las personas, ya que Él pide que se abran las puertas de los corazones para que pudiese entrar en la vida de cada uno.

Por otro lado, los milagros jamás se los puede encuadrar dentro de una cristología o eclesiología triunfalista, sino que son testimonios de la venida del Mesías, que deberían ser contados discretamente por quienes han recibido dicha Gracia. Mejor incluso: si se cuenta con alegría, que sea no para que la gente que está escuchando se quede fascinada con nosotros, sino que su mirada se dirija hacia Cristo, quien es el Señor de los milagros. Tantas veces he encontrado a personas que en un inicio vienen detrás de recibir un milagro y con el tiempo, desde una experiencia de encuentro profundo con el Maestro, terminan viniendo detrás del Señor de los milagros. El milagro más grande que puede acontecer en la vida de uno es la conversión de su vida en discípulo misionero de Jesucristo.

Un creyente católico no tiene por qué medir sus fuerzas con un no creyente poniendo en medio un milagro. La intención no es que empiece a competir con otros que no creen o son escépticos ante ciertos fenómenos que consideramos una acción extraordinaria, sobrenatural, de parte de Dios para con nosotros, sino a compartir el amor misericordioso de Dios, recibido a pesar de nuestra indignidad. Entonces, con gestos y palabras estamos anunciando las maravillas del amor de Dios, ofrecido y disponible para todos, aunque siempre seamos o seremos indignos de recibirlo.

Atención: no queramos interpretar que la curación gradual del ciego sea el resultado de que al Señor no le resultó bien en el primer intento que hizo, como si su poder no fuera suficiente. Lo que nos muestra es su proceder con un sentido educativo, pues también tiene un fin pedagógico. Cualquier discípulo va pasado de la ceguera a la iluminación paulatinamente, es decir, gradualmente se le va viendo a la Persona y comprendiendo la misión mesiánica de Jesús. Todos necesitamos ser curados de nuestra ceguera para lograr verle a Dios en los hombres, en la creación, en los acontecimientos, descubriendo los signos de los tiempos. Es más, esta curación del ciego es un signo de los tiempos mesiánicos (cf. Is 35,5). Es importante dejarnos imponer las manos y tocar por el Señor para que nos vaya sanando de cualquier ceguera que tengamos y logremos mirar con fe más allá de todo lo que se nos manifieste a simple vista.

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