Reflexión al Evangelio Domingo 13 de marzo 2022/ «Misionando Con Amor» 2da. Semana del Tiempo de Cuaresma

“Este es mi hijo, el Elegido, escúchenlo.”

Mi corazón sabe que dijiste: “Busquen mi rostro. Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí”.

Sal 26, 8-9

EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN san Lucas (9,28b-36)


“Mientras oraba, su rostro cambio de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: Eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Éste es mi Hijo, el elegido, escúchenlo”. Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.  

Palabra del Señor. R. Gloria a ti Señor Jesús

SANTORAL

Jesús nos asegura que la cruz, las pruebas, las dificultades con las que nos enfrentamos tienen su solución y quedan superadas en la Pascua.

En la primera lectura Gén 15,5-12.17.18) vemos a Abraham dudando y hasta casi rebelado contra Dios, quejándose, ya que lo prometido no llega, deseándolo con ansias, pero no lo posee ni lo descubre aún en su ya larga vida. Al parecer hizo bien Abraham en expresar su desaliento, pues notamos que Dios lo anima confirmándole la promesa, ante la que él vuelve a creer, a confiar. Después le confirma su Palabra con un signo, un gesto de compromiso incondicional. Dios no le dio inmediatamente el hijo que deseaba, sino que se lo volvió a prometer, pero ya con la fuerza de un compromiso, es decir, Abraham tuvo que seguir viviendo de fe y caminando en esperanza. Dios le colma con la descendencia abundante y tierra fértil, dándole como don gratuito, sin pedir nada a cambio. San Pablo (Filp 3,17-4,1) procura sostener la fe de los filipenses, tentados de reducir el horizonte de sus vidas a lo material, olvidando la cruz de Cristo, recordándoles que la meta es ser transformados y glorificados por Cristo, participando de su misterio pascual. Sucederá cuando venga Cristo, el Señor, invitando a seguir creyendo y esperando.

En el evangelio, Jesús lleva a tres de sus discípulos al monte y se transfigura ante ellos, quienes se habían desalentado por el anuncio de la Pasión, y les consuela con la visión de su gloria. Luego hay que bajar del monte, volver a vivir de la escucha y de la espera, seguir creyendo y esperando. La diferencia es que todo cambió en ellos, se les abrió un horizonte de Esperanza con la Transfiguración. Hoy la liturgia de la Palabra nos dice que estamos salvados en esperanza, impulsándonos a seguir creyendo, confiando y esperando lo que todavía no vemos ni poseemos plenamente. Somos peregrinos perseverando en la fe a pesar de las tinieblas del mal y de las exigencias de la cruz.

El relato de la transfiguración está en el evangelio, según san Mateo, Marcos y Lucas, luego del primer anuncio de la pasión y de la exigencia de una renuncia total para seguir a Jesús (cf. Lc 9,22-26). Después de estos anuncios era necesario que algunos discípulos (quienes son considerados columnas, en Gál 2,9), tuvieran una experiencia que disipara el temor y la angustia generados por tales anuncios. De ahí que les concede una visión anticipada de la gloria prometida después de padecer. San León Magno (Sermón 51) dijo: «Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los apóstoles el escándalo de la cruz, afín de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de su dignidad escondida». El Señor viene en ayuda de nuestra debilidad y nos da signos que refuerzan su Palabra/Promesa, como a Abraham; nos regala momentos de Luz, de consolación por la Gracia de sentir su presencia divina (ejemplo: Pedro, Santiago y Juan). Papa Francisco dijo: “Mostrando así su gloria, Jesús nos asegura que la cruz, las pruebas, las dificultades con las que nos enfrentamos tienen su solución y quedan superadas en la Pascua. Por ello, en esta Cuaresma, subamos también al monte con Jesús. ¿Pero en qué modo? Con la oración. Subamos al monte con la oración: la oración silenciosa, la oración del corazón, la oración siempre buscando al Señor. Permanezcamos algún momento en recogimiento, cada día un poquito, fijemos la mirada interior en su rostro y dejemos que su luz nos invada y se irradie en nuestra vida(ángelus, 17 de marzo de 2019).

El domingo pasado vimos la lucha contra la tentación, la renuncia a todo lo que pueda apartarnos del camino de Dios, y nos invitó a asumir la cruz como dimensión fundamental de la existencia cristiana. Jesús nos está pidiendo que le sigamos por el camino que Él caminó, el de la renuncia y la cruz. Sabemos que esto es dificilísimo de aceptar, por ello, las lecturas de hoy nos motivan a mirar la meta del camino, hasta donde hay que seguir a Jesús: hasta la Gloria, Gozo, Felicidad plena junto al Padre. Encontramos la dimensión gozosa, triunfal de la existencia cristiana, esencial como la cruz; mejor: es la que da sentido a dicha cruz. Entonces, en nuestro camino cuaresmal, el Señor transfigurado y la Voz del Padre nos confirman y alientan a seguir hasta el final.

En consonancia con el espíritu cuaresmal, se nos presenta la oración como el medio necesario, la ventana abierta a esa realidad definitiva que anhelamos: nuestra transformación en Dios. Concluimos, que la liturgia de hoy nos invita a levantar la mirada a Dios, a su promesa, a su obra, a su poder y a su gloria. A fijar la mirada en Jesús transfigurado y reconocer allí nuestro propio futuro. San Pablo nos dice que Él nos transfigurará, nos compartirá su gloria, nos salvará. Que la fe vivida, sufrida y gozada nos cambie el rostro (nos transfigure). Así “La fe de los hombres queda sellada en sus acciones, les modela sus facciones y les resplandece la mirada” (Santo Tomás de Aquino). No temamos ser amigos de la cruz de Cristo.

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