Lectio Divina Reflexión al Evangelio Martes de la Octava de Pascua «Misionando Con Amor»

“Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.”

El Señor dio de beber a su pueblo el agua de la sabiduría; él es el apoyo de sus hijos y no desfallecerán, él los exaltará para siempre. Aleluia.

Ecli 15, 3-4

Primera lectura de hoy

Del libro de los Hechos de los Apóstoles

Hechos 2, 14a.36-41

El día de Pentecostés, dijo Pedro a los judíos: 36 Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel, que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien ustedes crucificaron.» 37 Al oír esto se afligieron profundamente y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» 38 Pedro les contestó: «Arrepiéntanse, y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el Nombre de Jesús, el Mesías, para que sus pecados sean perdonados. Entonces recibirán el don del Espíritu Santo. 39 Porque el don de Dios es para ustedes y para sus hijos, y también para todos aquellos a los que el Señor, nuestro Dios, quiera llamar, aun cuando se hayan alejado.» 40 Pedro siguió insistiendo con muchos otros discursos. Los exhortaba diciendo: «Aléjense de esta generación perversa y sálvense.» 41 Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas.

P/ Palabra de Dios
R/ Te alabamos Señor

Salmo responsorial del día

Sal 32 4-5. 18-19. 20 y 22

R/. La misericordia del Señor llena la tierra

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN san Juan (20,11-18)

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador del huerto, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir, “¡Maestro!”. Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes’”. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor. R. Gloria a ti Señor Jesús

“Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.

https://youtu.be/Asj-gVbWeA0

“Él “es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas”

Los ángeles o los hombres vestidos con vestiduras blancas nos introducen en el terreno de lo sobrenatural. Los evangelistas tienen esa intención, presentarnos la resurrección como un hecho sobrenatural y que sea así testimoniado por el mundo sobrenatural, representados por los ángeles o vestidos de blanco.

María Magdalena esperaba encontrar un cadáver, pero confunde al Resucitado con el encargado del huerto (jardinero). Lo maravilloso es mientras ella buscaba a Jesús, es el Resucitado quien sale a su encuentro y la llama por su nombre (cf. Jn 20,16 y 10,3). Inmediatamente lo reconoce, llamándolo “Maestro”. María Magdalena conoció que era el Señor cuando le oyó pronunciar su nombre. La escena tiene el aspecto de un reportaje vivo y convincente; también ha sido estilizada y reducida a lo más esencial. Lo que Jesús hace es evocar el pasado para darse a conocer, en varios casos, como con la Magdalena o con los de Emaús. Esta evocación al pasado indicaba, al mismo tiempo, la continuidad de Jesús después de resucitado, es decir, es el mismo a quien ellos conocieron y que murió en la Cruz, quien se les aparece. María se arrojó a los pies del Señor. Entonces surgió en ella la fe verdadera, descubrió que Jesús es el Señor y se postró ante su Señor en actitud de adoración. Se acentúa una adoración más directa, personal y privilegiada, en una absoluta intimidad con Él. Los Santos Padres de la Iglesia la llaman “el apóstol de los apóstoles”.

El Cristo al que adora el creyente es el que ha ascendido al Padre. Esta ascensión es descrita con categorías espaciales, como lo hace el evangelista Juan. Lo que ocurre con María Magdalena es un acto de culto antes de que Él haya ascendido al Padre. Sería la razón por la cual Jesús le limita el tiempo, diciéndole: “porque todavía no he subido al Padre”. Lo más maravilloso es la experiencia personal de María, ocurrida en el tiempo y el espacio, que la convenció sobremanera del hecho de la resurrección y que debe convencer a cualquier persona. No significa aparentemente que María fuere más privilegiada que los verdaderos creyentes en Él y quienes pueden dar culto al Señor con todo el corazón. En este texto, Dios Padre de Jesucristo se revela como Padre y Dios de los discípulos, razón fundamental por la que a ellos los llama “sus hermanos”. “Vete a mis hermanos”, refiriéndose a sus seguidores, que aparece por primera vez en Juan. En los sinópticos sí se expresa en varias partes (cf. Mc 3,14; Mt 28,10). La “hora” vivida por Jesús genera una transformación gloriosa en Él y la consecuente transformación de los suyos, porque los asocia (los une) plenamente a Él; así, los discípulos, por la resurrección de Jesús, son ahora “sus hermanos”, quienes “no nacieron de la sangre ni por deseo y voluntad humana, sino que nacieron de Dios” (Jn 1,13), es decir, empiezan a participar de la misma vida del Padre. San Pablo dirá: “A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29); pues Él “es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él” (Col 1,15-16). Si Jesús es nuestro Hermano mayor, tengámosle confianza y tratémosle con sencillez, porque es nuestra familia, sin perderle el respeto porque es el Hijo de Dios.

“Subo a mi Padre y Padre de ustedes, a mi Dios y Dios de ustedes”. El evangelista Juan aparentemente coloca la ascensión del Señor en el mismo día de su resurrección. Notamos que en las palabras de Jesús se acentúa, por un lado, la diferencia entre él y sus discípulos: “mi Padre… Padre de ustedes”, pues Él es el Hijo eterno de Dios, ellos son hijos adoptivos de Dios; por otro lado, la solidaridad y unión con Jesús, porque tanto Jesús y sus discípulos se dirigen al mismo Padre y mismo Dios.

María de Magdala estaba llorando junto al sepulcro por la muerte de Jesús, pensando que la separación de su Señor sería definitiva. Ordinariamente los consuelos de Dios dan a las personas espirituales sólo después de la purificación propia, llorando los propios pecados, o aceptando voluntariamente los sinsabores del sufrimiento por amor a Dios. Los ángeles le dicen: “Mujer, ¿por qué lloras?”, queriéndole decir que no tiene sentido que llore porque a quien se lo sepultó ya no está en el sepulcro porque resucitó, no existen motivo alguno para que llore sino para estar alegre. Hasta el mismo Jesús se le aparece y también le pregunta “¿Por qué lloras?”, diciéndole que no le perdió, pues si se arrepintió de corazón y confesó sus pecados con dolor, ya recuperó la Gracia, la amistad con Jesús, ya no hace falta seguir llorando.

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