Milagros por intercesión de San José

El gran poder de intercesión de san José, después de María, lo nuestra como el santo más grande y con mayor poder de intercesión.

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Los milagros por intercesión de San José, el esposo de María y padre adoptivo de Jesús son incontables. Porque este «justo» Santo está mas cerca de Jesús que ningún otro, aparte de María su madre.

El director del circo imperial de Lyon

A finales del siglo XIX, el padre Juan abad de la abadía de Fontfroide (Francia) fue testigo de un favor especial de san José.

Él mismo cuenta:
Durante mi estancia en la abadía de Senanque, una tarde el portero me dijo:

– Un señor pregunta por usted.

Voy a su encuentro.

Era un hombre apuesto, bien vestido, de modales distinguidos, pero parecía turbado.

A pocos pasos de él, pastaba un soberbio caballo negro.

Y me dice:

– Yo no lo conozco a usted. Lo he visto de lejos y lo he hecho llamar.

Mi caballo me llevó por las rocas y se ha detenido delante de su puerta. ¿Qué casa es ésta?

– Es un monasterio.

 Yo soy el director del circo imperial de Lyon. Mis negocios van de maravilla.

Tengo a mis órdenes un personal numeroso, pero estoy atormentado por la idea de suicidarme.

Yo nunca conocí a mi padre. A los 7 años perdí a mi madre. Después de la muerte de mi madre, cogí el poco dinero que encontré y me fui al circo vecino.

Estaba completamente solo, no tenía parientes ni amigos.

El director del circo me trató como a un hijo suyo y, al morir, me dejó su circo. He estado por todas partes, he ganado mucho dinero.

Pero, desde hace un tiempo, no sé qué me pasa, me siento desgraciado y me quiero ahogar.

Mi madre me enseñó una oración que me hacía recitar todos los días:

“Dios te Salve José, lleno de gracia divina, bendito seas entre todos los hombres y bendito es Jesús, el fruto de tu virginal esposa.

San José, destinado a ser padre del Hijo de Dios, ruega por nosotros en nuestras necesidades familiares, de salud y trabajo, y dígnate socorrernos en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Recito esta oración todos los días antes de dormir.

Hoy llevé mi caballo a orillas del Ródano; pero saltó hacia atrás y escapó. Por primera vez en mi vida, no he sido dueño de mi animal.

Yo lo abracé y él se sintió conmovido.

Le dije:

– Usted cenará con nosotros esta noche, dormirá en el duro suelo y mañana pasará el día aquí.

Se quedó tres días con nosotros. Lo instruí en las verdades fundamentales de la fe. Se confesó y comulgó. Después regresó a Avignon totalmente transformado, ordenó sus negocios, vendió su circo, distribuyó el dinero a los pobres y se hizo religioso.

Algunos años más tarde, se sintió aquejado de fiebres altas y murió como un santo, joven aún y desconocido.

Esa es la importancia de la protección de san José.

Él fue fiel a la oración, aun sin comprender lo que decía y sin saber a quién se dirigía, y recibió su recompensa.

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¡Me voy a morir sin sacerdote!

En la noche del 2 de enero de 1885, un anciano se presentó en casa de un sacerdote para pedirle que fuera a ver a una mujer agonizante.

El sacerdote siguió al desconocido.

La noche era muy fría, pero el anciano parecía no darse cuenta de ello.

Iba adelante y decía al sacerdote para tranquilizarlo, pues la zona era de mala fama:

– Yo lo esperaré a la puerta.

La puerta donde se detuvo era una de las más miserables del barrio

Al llegar junto a la moribunda, la moribunda estaba diciendo entre gemidos:

– ¡Un sacerdote! ¡Un sacerdote! ¡Me voy a morir sin sacerdote!

– Hija mía, yo soy sacerdote. Un anciano me llamó para que viniera.

La enferma le confesó los pecados de su larga vida de pecadora y el sacerdote le preguntó si había observado alguna práctica de devoción en su vida.

– Ninguna, respondió, salvo una oración que recitaba todos los días a san José para obtener la buena muerte.

El sacerdote, después de confesarla, le dio la comunión y la unción de los enfermos, y ella quedó muy reconfortada.

Cuando el sacerdote llegó a la puerta, no encontró a nadie. Pero, reflexionando sobre el acontecimiento de esa noche y sobre el misterio consolador que había ejercido, sintió nacer en su corazón la convicción de que el caritativo anciano no era otro que el glorioso y misericordioso san José, patrono de la buena muerte.

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Auxiliadoras de las almas del purgatorio.

El 2 de noviembre de 1853, una joven, inspirada por Dios, concibió la idea de fundar una Congregación para auxiliar a las almas del purgatorio.

Consultó con el santo cura de Ars, quien le dio consejos y le ayudó en esta Obra.

La fundadora, muy devota de san José, le prometió, que si la Obra se llevaba a cabo, la primera casa fundada sería en su honor.

Y la Obra se realizó con el nombre de

Al día siguiente de adquirir una casa en París para comenzar la Obra, un desconocido, que no sabía nada, les hizo regalo de una estatua de san José.

Como si el mismo san José hubiera querido hacerse presente y declararse protector de la Obra.
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Una epidemia de cólera

En la ciudad de San Luis en Estados Unidos, el año 1866, hubo una epidemia de cólera que mató durante dos meses a unas 280 personas cada día.

En la parroquia de San José, el párroco y superior de la Comunidad de jesuitas, el padre Joseph Weber, les invitó a hacer un compromiso con Dios para construir un monumento a san José, el patrono de la parroquia, si cesaban las muertes.

A partir del día en que hicieron la solemne promesa a Dios por medio de san José, se acabaron las muertes en la parroquia, que anteriormente eran alrededor de 25 diarias, sólo en la parroquia.

Ninguna persona de las familias que hicieron el compromiso murió.

Esto fue considerado como un milagro. Y cumplieron su promesa.

Construyeron un magnífico altar en el presbiterio de la iglesia, el altar principal, que todavía puede verse y que, desde entonces, se llama el altar de las respuestas (a las oraciones).

Este milagro fue registrado como un hecho auténtico en los documentos de la parroquia del año 1866, para gloria de san José.

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Una misión en Mandera.

En la Costa oriental de África florecía, en el siglo XIX, una misión en Mandera. El padre Hacquard refiere la fundación de la misión:

Corría el año 1880 y necesitábamos una misión intermedia entre Bagamoyo y Mhomda.

Acompañado del padre Machón, emprendí el viaje para buscar un sitio conveniente para establecer un pueblo cristiano, encomendándonos a san José.

El día 19 de marzo, fiesta de san José, emprendimos la marcha y nos dirigimos a Udoé, un lugar jamás visitado por ningún europeo.

Los indígenas de aquella comarca eran antropófagos y por ninguna parte nos concedían la autorización de establecernos.

Yo me dirigí a san José, encomendándole el éxito de nuestro viaje.

De Udoé pasamos a Uriguá, caminando sin guía ni norte, a la aventura, pero en ningún sitio nos permitían establecer la misión hasta que llegamos a la casa del cacique Kingarú, llamado cara de serpiente.

Al instante que nos vio, se detuvo admirado y, mirándonos fijamente, prorrumpió en expresiones:

– Sí, ellos son. ¡Los mismos! Escuchadme.

Esta noche, no sé si despierto o dormido, he visto ante mí a un venerable anciano que, tocándome como para despertarme, me ha dicho:

“Kingarú, sepas que vienen a tu casa con una pequeña caravana dos blancos, recíbelos bien y dales cuanto te pidan”.

Y esos sois vosotros, los mismos que yo vi.

Entonces, llamó a las gentes del pueblo y les dijo:

– Mirad a estos dos blancos, a quienes vi esta noche juntos con un anciano y de quienes os he hablado esta mañana. Ellos son.

Permanecimos allí ocho días y todos se esforzaron en atendernos bien.

Una vez elegido el lugar de nuestra vivienda, dispusimos de nuevo la partida; para la cual, el mismo Kingarú quiso acompañarnos y servirnos de guía y de escolta.

Al cabo de quince días, vino a visitarnos a Bagamoyo y, llegado el momento de comenzar la obra proyectada, volvió de nuevo con gran tropa de hombres para conducir a los misioneros y llevar todo el equipaje y enseres necesarios.

Él es uno de los más asiduos y constantes asistentes a los ejercicios de la Misión.

Esto y mucho más ha obrado san José por el pueblo de Mandera, por lo cual le debemos honor y gloria y reconocimiento eternos.

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El perrito de san José

Quizás el caso más espectacular, en cuanto a milagros obrados por intercesión de san José, lo encontramos en Montreal, donde vivía el ahora beato André (1845-1937).

El hermano Andrés, de la Congregación de la Santa Cruz, no era sacerdote, durante 40 años fue portero del convento y, por más de 60 años, realizó milagros extraordinarios por intercesión de san José.

Su devoción a san José le vino de su madre, muerta cuando era todavía un niño.

A todos los que le pedían oraciones, les decía que no separaran su amor a José del de María y de Jesús, presente en la Eucaristía.

Él era un hombre de profunda oración ante Jesús sacramentado y amaba entrañablemente a María, pues andaba rezando el rosario a todas horas; pero, cuando le pedían favores, se los pedía a san José.

Él se llamaba a sí mismo el perrito de san José, pero fue el gran apóstol de san José del siglo XX.

Los milagros realizados los hacía con toda sencillez.

A veces, les decía a los enfermos que debían hacer una novena a san José y confesar y comulgar; y, después de la novena, quedaban curados.

En ocasiones, les decía que no se preocuparan, que él rezaría a san José personalmente por su caso.

Pero lo normal era darles medallas de san José y pedirles que se frotasen en la parte enferma de su cuerpo.

O les daba aceite de la lámpara que ardía frente a la imagen de san José, para que se ungieran con él.

De este modo se producían milagros espectaculares por cientos.

Y esto ocurrió durante 60 años de su vida, pues murió a los 91.

A los que quedaban curados, les decía que fueran a agradecérselo a san José.

Algunos se sentían defraudados y decían que eso de frotarse con una medalla o con aceite de san José era pura superstición, y no se curaban.

Por eso, decía: Muchos enfermos no se sanan debido a su falta de fe.

Es preciso tener fe para frotarse con la medalla o el aceite de san José.

En el año 1926, fueron reportados por la prensa 1.611 personas que decían haber sido curadas de graves enfermedades, y otras 7.334 decían haber obtenido favores extraordinarios de orden material o espiritual.

¡Algo realmente maravilloso!

El hermano André fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 23 de mayo de 1982.

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“San José del Paso”

La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1986) cuenta en sus Memorias:

En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso.

Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José.

Y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito.

Y con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas.

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron).

Ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros).

En fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo.

Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba.

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