Lecturas del día y Reflexión al Evangelio de Hoy  domingo 31 de julio de 2022 «Lectio Divina»

“Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”

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San Ignacio de Loyola (por ser domingo no se celebra hoy su memoria)

Líbrame, Dios mío. Señor, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayuda y mi libertador; no tardes, Señor.

Sal 69, 2. 6
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Audios Originales de: https://panversia.com/

Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiastés     

Qo 1, 2; 2, 21-23

P/ Palabra de Dios
R/ Te alabamos Señor

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Salmo Responsorial

Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17

R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R/.

Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

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Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses  

Col 3, 1-5. 9-11

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Hermanos: 1 Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.

3 Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. 4 Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.

5 Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría.

Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras 10 y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.

11 Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos.

P/ Palabra del Señor
R/ Gloria a ti, Señor Jesús

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas

Lc 12, 13-21

“Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”

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En aquel tiempo, dijo a Jesús 13 uno de la multitud: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». 14 Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?». 15 Después les dijo: «Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».

16 Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, 17 y se preguntaba a sí mismo “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. 18 Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, 19 y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”.

20 Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. 21 Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

P/ Palabra del Señor
R/ Gloria a ti, Señor Jesús

MEDITACIÓN

El pensamiento de la muerte debe ayudarnos a vivir mejor, a valorar más todas nuestras opciones de vida y distribuir mejor nuestro tiempo”

San Francisco Solano, Presbítero (ML). San CharbelMaklüf, Presbítero (ML) “Francisco Solano (Andalucía, 1549 – Lima, 1610). Este santo fraile franciscano fue enviado a evangelizar las tierras del Alto Perú (que correspondía parte de Perú, Bolivia y norte de Argentina), además de parte del Paraguay. Allí desempeñó una ardua labor evangelizadora. Fundó el convento limeño de los Descalzos en el Rímac, pasó por Trujillo y finalmente transcurrió sus últimos días en el convento de San Francisco de la ciudad de Lima”. “Charbel (Beqakafra, 1828 – Annaya, 1898). En 1977, san Pablo VI inscribió en el catálogo de los santos a san Charbel, sacerdote maronita y primer santo libanés, cuyo testimonio de vida traspasó las barreras culturales y es venerado tanto en Oriente como Occidente. Sus años transcurrieron en el monasterio maronita de Annaya. Allí, a la luz de la Palabra de Dios, la vida ascética y la caridad con los hermanos de comunidad y los fieles, encontró el sentido de su vida, haciéndose para los demás un hermano y un pastor”. San Charbel ofreció amplias pruebas a lo largo de su vida sobre sus extraordinarios dones. Después de su muerte, su tumba fue rodeada de una brillantez extraordinaria y su cuerpo se ha mantenido incorrupto, emanando líquido parecido a la sangre con el que se han obrado muchas curaciones. Sus milagros son incontables en el mundo entero. Para su beatificación se necesitaba un milagro reconocido por médicos y teólogos. En el caso de Charbel se contaron hasta 1200 milagros. Todavía hoy, tras 123 años de su muerte, este santo, conocido como el ‘Ermitaño del Líbano’ es objeto de gran estimación. Numerosas de sus imágenes exudan milagrosamente aceite el cual se utiliza en la oración por los enfermos. Su devoción se extendió por el mundo, especialmente en aquellos países con inmigración libanesa” Decidió ser soldado de Cristo y fundó con 6 compañeros la Compañía de Jesús o jesuitas, haciendo votos de pobreza y castidad dedicándose a la evangelización.

(” (La Liturgia Cotidiana, 31/07/2021, pág. 90)6)

En este domingo nos enfocamos al tema de la vanidad de las riquezas y la caducidad de la vida del hombre en este mundo (cf. Eclesiastés 1,2; 2,21-23). Nos centramos en la advertencia/denuncia de Jesús sobre el peligro de la codicia y su consecuente insensatez, para profundizar el próximo domingo sobre el anuncio de cómo llegar a ser rico a los ojos de Dios y ser sabio con la sabiduría del Evangelio. La codicia es el deseo desmesurado de acumular bienes materiales. Evagrio Póntico dice: «La avaricia es la raíz de todos los males y nutre como malignos arbustos a las demás pasiones y no permite que se sequen aquellas que florecen de ésta. Quien desea hacer retroceder a las pasiones, que extirpe la raíz; si efectivamente podas para el bien las ramas pero la avaricia permanece, no te servirá de nada, porque éstas, a pesar de que se hayan reducido, rápidamente florecen. El mar jamás se llena del todo a pesar de recibir la gran masa de agua de los ríos, de la misma manera el deseo de riquezas del avaro jamás se sacia, él las duplica e inmediatamente desea cuadruplicarlas y no cesa jamás esta multiplicación, hasta que la muerte no pone fin a tal interminable premura» (Tratado sobre los ocho vicios malvados).

En la raíz de la codicia está el miedo y la inseguridad, por lo que las personas buscan seguridad que la vida nos brinda en lo material. El miedo termina siempre en el miedo a la muerte. Contra la muerte no hay seguro total. La vida humana está herida de muerte y es propio de quien quiere vivir una existencia auténtica que asuma esta realidad. Poseer los bienes durará mientras dure nuestra vida en la tierra. Nos morimos y las posesiones quedan para otros. Tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a la muerte. El Papa Francisco en el ángelus del 4 de agosto de 2019 dijo: “El rico pone ante su alma, es decir, ante sí mismo, tres consideraciones: los muchos bienes acumulados, los muchos años que estos bienes parecen asegurarle y, en tercer lugar, la tranquilidad y el bienestar desenfrenado (cf. v. 19). Pero la palabra que Dios le dirige anula estos proyectos”. El papa habla de que hay que ser ricos para Dios, pues los bienes materiales son necesarios, pero siempre son medios para vivir honestamente y compartir con los más necesitados.

Lo mejor es tratar de estar preparados, en la medida de lo posible, sabiendo que nada de lo humano puede garantizarme la vida indefinida ni darme la esperanza de lo eterno. Qohelet dice que todo es vanidad, soplo, caducidad, vacío. La herencia de este sabio es que el pensamiento de la muerte debe ayudarnos a vivir mejor, a valorar más todas nuestras opciones de vida y distribuir mejor nuestro tiempo. Esto se plenifica con la fe cristiana en la Encarnación del Hijo de Dios, ya que por medio de ella Dios ha redimido el tiempo, lo abrió a la eternidad. Con la Encarnación el tiempo adquiere un sentido sacramental, por abrirse a Quien es Eterno: Dios. Por la Encarnación del Verbo, nuestro tiempo e historia están llenos de Dios. Cada instante de nuestra vida es como un sacramento que nos ayudan a entrar en comunión con Dios, y así, plenificar y dar sentido a nuestra vida con una dimensión trascendente. Con esta apertura a Dios, por la comunión con Cristo, el hombre es santificado y santifica el tiempo. La Iglesia vive esto al celebrar la liturgia a lo largo del año, actualiza en la historia el misterio de la Encarnación y Redención convirtiendo en plenitud de los tiempos el calendario civil.La parábola del evangelio de hoy pone en evidencia la insensatez a la que lleva la codicia de los bienes, pues hace olvidar la finitud y caducidad de la vida humana. Las muchas

En la raíz de la codicia está el miedo y la inseguridad, por lo que las personas buscan seguridad que la vida nos brinda en lo material. El miedo termina siempre en el miedo a la muerte. Contra la muerte no hay seguro total. La vida humana está herida de muerte y es propio de quien quiere vivir una existencia auténtica que asuma esta realidad. Poseer los bienes durará mientras dure nuestra vida en la tierra. Nos morimos y las posesiones quedan para otros. Tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a la muerte. El Papa Francisco en el ángelus del 4 de agosto de 2019 dijo: “El rico pone ante su alma, es decir, ante sí mismo, tres consideraciones: los muchos bienes acumulados, los muchos años que estos bienes parecen asegurarle y, en tercer lugar, la tranquilidad y el bienestar desenfrenado (cf. v. 19). Pero la palabra que Dios le dirige anula estos proyectos”. El papa habla de que hay que ser ricos para Dios, pues los bienes materiales son necesarios, pero siempre son medios para vivir honestamente y compartir con los más necesitados.

Lo mejor es tratar de estar preparados, en la medida de lo posible, sabiendo que nada de lo humano puede garantizarme la vida indefinida ni darme la esperanza de lo eterno. Qohelet dice que todo es vanidad, soplo, caducidad, vacío. La herencia de este sabio es que el pensamiento de la muerte debe ayudarnos a vivir mejor, a valorar más todas nuestras opciones de vida y distribuir mejor nuestro tiempo. Esto se plenifica con la fe cristiana en la Encarnación del Hijo de Dios, ya que por medio de ella Dios ha redimido el tiempo, lo abrió a la eternidad. Con la Encarnación el tiempo adquiere un sentido sacramental, por abrirse a Quien es Eterno: Dios. Por la Encarnación del Verbo, nuestro tiempo e historia están llenos de Dios. Cada instante de nuestra vida es como un sacramento que nos ayudan a entrar en comunión con Dios, y así, plenificar y dar sentido a nuestra vida con una dimensión trascendente. Con esta apertura a Dios, por la comunión con Cristo, el hombre es santificado y santifica el tiempo. La Iglesia vive esto al celebrar la liturgia a lo largo del año, actualiza en la historia el misterio de la Encarnación y Redención convirtiendo en plenitud de los tiempos el calendario civil.La parábola del evangelio de hoy pone en evidencia la insensatez a la que lleva la codicia de los bienes, pues hace olvidar la finitud y caducidad de la vida humana. Las muchas

riquezas no pueden asegurar absolutamente una larga y buena vida, menos aún la vida eterna. En la segunda lectura, la carta a los colosenses nos dice que la codicia es una forma de idolatría (cf. Col 3,5). ¿Cómo superar esta idolatría? Con la verdadera fe que hace de Dios el único apoyo sólido de la vida del hombre. Nuestro amén según Y. Congar sería: es firme, sólido, verdadero, creíble. H. U. VonBalthasar dice: “Jesús distingue en el evangelio entre ser y tener. El ser es la vida y la existencia del hombre; el tener son las posesiones grandes o pequeñas que le permiten seguir viviendo. La advertencia de Jesús consiste simplemente en que el hombre no debe convertir el medio en el fin, ni identificar el significado de su ser con el aumento de sus medios”.

Documento Conclusivo de Aparecida: “La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia, y así brota una gratitud sincera. Pero el consumismo hedonista e individualista, que pone la vida humana en función de un placer inmediato y sin límites, oscurece el sentido de la vida y la degrada. La vitalidad que Cristo ofrece nos invita a ampliar nuestros horizontes, y a reconocer que abrazando la cruz cotidiana entramos en las dimensiones más profundas de la existencia. El Señor que nos invita a valorar las cosas y a progresar, también nos previene sobre la obsesión por acumular: “No amontonen tesoros en esta tierra” (Mt 6, 19). “¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida?” (Mt 16, 26). Jesucristo nos ofrece mucho, incluso mucho más de lo que esperamos. A la samaritana le da más que el agua del pozo, a la multitud hambrienta le ofrece más que el alivio del hambre. Se entrega Él mismo como la vida en abundancia. La vida nueva en Cristo es participación en la vida de amor del Dios Uno y Trino. Comienza en el bautismo y llega a su plenitud en la resurrección final” (nros. 356-357).

En síntesis, todo, absolutamente todo, debe pasar por Jesús, por el Evangelio. Así como el domingo pasado Jesús nos enseñaba a relacionarnos con Dios como nuestro Padre; hoy nos enseña a vincularnos con los bienes materiales, advirtiéndonos sobre el peligro de la codicia y lo insensato de poner nuestra seguridad en las riquezas. Es necesario tener bienes para vivir con dignidad, pero atención: pues “el afán de poder y de tener no conoce límites” (EG 56), para estar vigilantes en no caer ni en la codicia ni en la idolatría del dinero

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